Hay historias que se tejen despacio, como la lana entre los dedos. Historias que nacen en la tierra, en la familia, en la memoria. La familia de Magdalena Ñanco es una de ellas: artesana de la comunidad Atreuco, lleva en sus manos un saber antiguo que aprendió desde niña y que hoy sigue vivo en cada hilo.
“Yo soy de la comunidad Atreuco, pertenezco allá, vivo allá, me crié allá”, dice con orgullo, como quien nombra un origen que no se negocia. Y enseguida agrega: “Mi comunidad es muy linda, tiene la naturaleza, tiene el arte de los tejidos, lo que hoy traje acá”.
El camino empezó temprano. “Lo aprendí de muy chiquita. Me enseñó mi mamá, mi abuela, mis tías”, recuerda. En su relato no hay una sola maestra, sino muchas manos que la guiaron, como suele pasar con los saberes que se transmiten en comunidad: “Me enseñaron a tejer, a hacer el hilado primeramente, y hoy traigo este arte acá”.
El proceso es paciente, casi ritual. Primero el hilo, después el tejido. “Primero se hace el hilado, después se lava, se busca el yuyo, que es la naturaleza, para poder darle el color al tejido”, explica. Y continúa: “Después se urde, se va haciendo con lo que es el nirewe, y ahí se va laboreando para que el tejido pueda salir como está”.
En cada pieza hay tiempo, dedicación y conocimiento. Pero también hay naturaleza. Los colores no son casuales: “Los colores naturales de las ovejas son el blanco, el gris y el negro. Y el blanco yo lo hago teñido con el color de la naturaleza”, cuenta. Y detalla: “Una planta que se busca en el campo, una raíz, y ahí se tiñe”.
Así, cada tono tiene su origen en la tierra. “Todos los colores que nosotros vemos del tejido son naturales, son de la raíz de la planta”, afirma. Un saber que también se amplía con el intercambio: “He aprendido de mi mamá, y también de algunas comunidades cómo hacer el teñido. A veces uno aprende de una raíz y después otra persona te dice que se puede teñir con otra cosa, y lo hago”.
El telar no es solo técnica: es identidad. “Viene de la sangre, de los mapuches. Nosotros somos mapuches”, dice, con la certeza de quien reconoce en ese oficio algo más profundo que un trabajo. Y ese conocimiento se transmite.
