En los últimos años, algo nuevo —o al menos más visible— empezó a formar parte del universo adolescente: comunidades digitales que ofrecen respuestas rápidas sobre qué significa “ser varón”.
Videos, foros, redes sociales, discursos que hablan de éxito, de poder, de relaciones, de lugar en el mundo. Son espacios donde muchos adolescentes encuentran algo que no siempre aparece en otros ámbitos: certezas, pertenencia, identidad.
A este entramado se lo ha empezado a llamar “manósfera”.
Pero más allá del nombre, lo importante no es sólo lo que allí se dice, sino por qué resulta tan atractivo para tantos jóvenes.
Porque si algo sabemos es que la adolescencia es, entre muchas cosas, una búsqueda: ¿quién soy?, ¿qué lugar tengo?, ¿cómo se espera que sea?
Y cuando esas preguntas no encuentran espacios donde ser pensadas, habladas, acompañadas, otras voces aparecen para responderlas.
Muchas de estas comunidades ofrecen definiciones claras y contundentes: cómo debe ser un varón, qué lugar ocupar, cómo vincularse. En ese sentido, no sólo transmiten ideas, sino que proponen modelos de identidad.
El sociólogo Michael Kimmel lo plantea con claridad cuando afirma que “la hombría es una prueba permanente que debe demostrarse ante otros hombres”. En ese escenario, no hay lugar para la duda, la fragilidad o la pregunta: hay que rendir examen todo el tiempo.
Y ahí aparece una tensión importante porque mientras estas propuestas ofrecen seguridad y pertenencia, muchas veces lo hacen a costa de simplificar la complejidad de los vínculos, de reducir a los otros a categorías rígidas, de transformar el malestar en enojo dirigido hacia afuera.
En lugar de habilitar preguntas, ofrecen respuestas cerradas. En lugar de alojar la incertidumbre, la cancelan. Pero el problema no empieza ahí.
Como advierte Rita Segato, las violencias y las formas rígidas de la masculinidad no nacen en el vacío: son parte de tramas culturales más amplias. En esa misma dirección, el investigador argentino Luciano Fabbri señala que a muchos varones “se nos enseñó más a reaccionar que a registrar lo que nos pasa”. En ese aprendizaje, expresar lo que duele, pedir ayuda o nombrar la fragilidad queda muchas veces fuera de lo posible.
En ese contexto, no resulta extraño que algunos adolescentes encuentren en estos espacios digitales algo que los ordena, que les da una respuesta, que les ofrece una forma de estar en el mundo.
Entonces, quizás la pregunta no sea sólo qué dicen esos discursos sino también: ¿qué no está encontrando ese adolescente en otros lugares?
Porque cuando no hay espacios donde hablar del miedo, de la frustración, de la soledad, esos sentimientos no desaparecen. Se transforman. A veces en silencio. A veces en enojo. A veces en formas de vincularse que lastiman.
Por eso, más que reaccionar desde el rechazo o la alarma, el desafío para los adultos es otro. Es estar disponibles. Disponibles para escuchar sin ridiculizar; para preguntar sin juzgar; para abrir conversaciones donde no haya respuestas únicas.
Prestar atención no sólo a lo que los adolescentes dicen, sino también a lo que repiten, a los discursos que traen, a las certezas que parecen demasiado cerradas para su edad.
Y, sobre todo, generar espacios donde puedan dudar.
Porque crecer también es eso: poder preguntarse sin miedo, poder no saber, poder construir una identidad que no esté basada en mandatos rígidos sino en experiencias compartidas, en vínculos, en palabras.
En tiempos donde muchas respuestas circulan rápido y fuerte, quizás el mayor desafío sea sostener algo más difícil: la conversación, una conversación donde ser varón no sea una prueba permanente, sino una posibilidad abierta.
(Esta reflexión se inscribe en la serie “cuerpo, identidad y mirada social”- Instituto de Formación Docente N°3 - @ifd3_sma )
