La Ruta de los Siete Lagos en invierno: los mejores miradores y un recorrido entre nieve, bosques y lagos

Todavía no amanece del todo en San Martín de los Andes. Las primeras luces apenas alcanzan a dibujar la silueta de los cerros mientras una fina capa de nieve cubre los techos de madera y las veredas. En la costanera del lago Lácar el viento apenas roza el agua y el vapor que se desprende de la superficie parece flotar entre los árboles. El invierno tiene esa capacidad de volver más lento el paisaje, de invitar a mirar con calma.

A esa hora comienza uno de los recorridos más fascinantes de la Patagonia: los 107 kilómetros de la Ruta Nacional 40 que unen San Martín de los Andes con Villa La Angostura a través del Camino de los Siete Lagos. No es un trayecto para llegar rápido. Es un viaje para detenerse una y otra vez, bajar del vehículo, respirar el aire frío de la cordillera y descubrir por qué este rincón del Parque Nacional Lanín enamora en cualquier época del año, pero especialmente cuando la nieve se convierte en protagonista.

Federico Soto

Antes de salir conviene hacer una pausa más: consultar el estado de la ruta, llevar las cadenas reglamentarias y revisar el pronóstico. En invierno las condiciones pueden cambiar en cuestión de minutos. Un cielo despejado puede transformarse en una nevada intensa y, precisamente por eso, el camino merece ser recorrido sin apuro.

Apenas se dejan atrás las últimas casas de la ciudad, la ruta comienza a internarse en el bosque andino patagónico. Los coihues, lengas y cipreses aparecen vestidos de blanco, formando un túnel natural que parece sacado de una película. El silencio es casi absoluto. Solo se escucha el sonido de los neumáticos sobre el asfalto húmedo y, de vez en cuando, el golpe seco de un puñado de nieve cayendo desde las ramas.

Federico Soto

El primer gran mirador aparece frente al lago Machónico. En verano sorprende por sus colores intensos; en invierno, por su serenidad. El agua adquiere un tono azul oscuro, casi metálico, mientras las montañas nevadas se reflejan sobre la superficie cuando el viento da una tregua. Es una de esas postales que obligan a guardar el teléfono por un momento y simplemente contemplar.

Federico Soto

Uno de los desvíos lleva precisamente al lago Hermoso. Su nombre no necesita explicación. En invierno, la playa desaparece bajo una delgada capa de nieve y el bosque se refleja en un agua tan quieta que parece inmóvil. La única interrupción suele ser el vuelo de una bandurria o el paso silencioso de un cauquén buscando alimento cerca de la orilla.

Mientras avanza el recorrido, la vegetación cambia de forma casi imperceptible. Hay sectores donde los árboles forman una bóveda natural sobre la ruta y otros donde el paisaje se abre de golpe para mostrar montañas completamente blancas. Cada curva ofrece una fotografía distinta.

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